Los recuerdos se arremolinaban en mi cabeza. Miré la pantalla del ordenador. Una música de piano sonaba suave, triste. No podía pensar en nada, me encontraba bloqueada.
Bebí un par de sorbos de té. Sentí que un escalofrió me recorría, y me recosté en el sofá.
Fuera, la lluvia, tocaba su propia canción, y acompañaba a la tarde en su melancolía.
Sentí un fuerte dolor en el pecho, y despacio, baje la cremallera de mi piel que daba paso al cofre donde guardaba mi alma. Abrí la cajita de madera astillada. Estaba forrada por dentro de terciopelo granate. Con sumo cuidado atrapé el amasijo de luz que brillaba en el fondo del contenedor.
Al examinarla de cerca, me di cuenta de que ya no era como años atrás, seguía teniendo luz propia, pero era menos brillante, se había ido apagando, y la forma que se adivinaba debajo había dejado de ser una esfera perfecta y suave, para convertirse en una bola deformada.
Mire triste mi propia esencia. Los recuerdos me asfixiaban. Que bonita era la inocencia, la niñez, los sueños, la ilusión, la confianza... mi alma había estado repleta de todo aquello una vez, hace mucho, y había sido hermosa.
Pero con el trascurso de los años, se había recrudecido, transformándose en una esencia de adulto, desconfiada e incrédula.
Valore las secuelas de la vida, lo que perdemos en el camino. Seguía escuchando como el piano con sus notas tristes intentaba arrancarle el llanto a la música.
Sin dejar de mirar mi alma mutilada, se me escaparon un par de lágrimas vacías, que necrosaron zonas de la esencia donde cayeron.
Metí mi alma de nuevo en el cofre. Salí al jardín, bajo la lluvia, y corrí hasta el sauce llorón. Deje a un lado la cajita y cave con mis manos un hoyo profundo. Allí, enterré mi esencia, mi alma, mi yo. Mojada y sin esperanza volví a casa para sumirme en un sueño profundo.
Al despertar, en la oscuridad percibí un destello azulado. Mire a los pies de mi cama. Mis tres gatos lamían una esfera, algo deformada, que iba incrementando su luz a medida que los felinos la curaban. Sorprendida me acerqué... era mi esencia.
Seguía dañada, nunca volvería a ser el alma de una niña pero su luz se había intensificado y sus partes deformes suavizado.
La cogí con cuidado y de nuevo la coloque dentro de mi pecho.
Y entonces los sentí, cerca, en mi corazón, a mis tres compañeros, que me cuidarían siempre.
Laura Gil Moreno de Mora Feijoo
Escribes estupendamente bien. En esta ocasión he encontrado tu cuento muy autobiográfico. Para que veas que escribres mejor que yo a pesar de lo digas y aquí mismo está la prueba !!!
ResponderEliminarMuchísimas gracias Fran! :) Aunque después de leer tu critica estoy segura que de que si escribieses un relato seria una maravilla.
EliminarGenial!!! Me transportas con tu relato, puedo sentir la lluvia, el dolor, a los tres compañeros... :)
ResponderEliminarGracias Paco!!! :D
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