viernes, 15 de noviembre de 2013
AIRE
Sintió como etérea
flotaba sobre ellos. Sorprendida descubrió como parecían no darse
cuenta de su presencia, reían despreocupados, vivían un buen
momento, felices y cariñosos se abrazaban. Observó la escena
envidiosa, imaginó aquellas caricias, aquellos abrazos, aquel calor
sobre su propia piel y empezó a sentir frio. Un frio azul, triste,
helado, que comenzó a recorrerle la espalda, provocandole un gran
peso en el corazón. Asustada, miró a su alrededor, buscando una
mano amiga, alguien que la viese, que quisiese escucharla. Se sentía
muy sola allí arriba. Agitando los brazos intentó llamar la
atención de los que estaban ahí abajo, les gritó, pidió auxilio
pero quizás no la oyeron o quizás simplemente estaban ocupados con
otros asuntos, nadie la ayudó.
Continuó haciendo
grandes aspavientos creyendo que así alguien se percataría de que
continuaba suspendida sobre ellos en una bola de cristal con
purpurina, pero cada vez le resultaba mas frustrante y doloroso, las
lagrimas heladas rodaban por sus mejillas, y con cada suspiro una
nube de vaho traicionaba la dolorosa realidad, hacia demasiado frio
ahí arriba y estaba sola, muy sola. Poco a poco fue dándose cuenta
de que jamas caerían en la cuenta, de que nunca sabrían que estuvo
allí llorando lagrimas heladas de soledad. Dejo de mover los brazos,
dejo de pedir ayuda, y triste se encogió sobre su propia herida sin
albergar ni un atisbo de esperanza.
Alguien le acarició
el pelo, consolador, tierno. Los de abajo continuaban con su jarana,
pero allí arriba hacia menos frio, ya no estaba sola, y quizás
ahora pudiese escapar de esa bola de brillantina que la tenia
prisionera. Se marcharon juntos. Ella dejo su broche, el gatito
dorado, por si un día miraban hacia arriba, que supieran que había
estado allí, esperándoles.
Laura Gil Moreno de
Mora Feijoo
martes, 4 de junio de 2013
¿Para que?
Con paso lento dibujó su estela en la arena, dejando detrás de su
marcha el rastro de sus huellas surcando las pequeñas dunas de la
playa. Las nubes lucían grises, amenazando al mundo, tapando el
cálido sol, enfadadas y seguras de si mismas, dispuestas a sembrar
aquella tristeza de la que se hallaban presas desde que la realidad
se había apoderado de sus Cúmulos Nimbos.
Mirando al cielo,
guiñó los ojos, deslumbrada por el extraño efecto de la ausencia
de sol reflejada en el gris pálido de las nubes. El desconcierto la
angustiaba, parecía asfixiar sus sentidos. Llegó por fin a la
espiga de rocas que se adentraba en el mar y sintiendo la fría y
húmeda piedra bajo sus pies, acopló su caminar sobre los pedruscos
hasta llegar a los que se situaban en último lugar, casi dentro del
mar. Y allí, apreciando la brisa en el rostro y algunas gotas de
agua salada salpicando su tez se sentó, abandonándose al ruido del
oleaje y a la tranquilidad del mar.
Dubitativa miró las
curvas de las olas, la belleza de un día nublado, el color del
horizonte, los barcos que perezosos parecían holgazanear esparcidos
sobre el inmenso puerto, parejas que a lo lejos, diminutas, caminaban
por el paseo marítimo. De pronto, un pinchazo agudo le recordó el
dolor que traía consigo, la desazón que bien le hubiese gustado
poder lanzar al mar y que se hundiese para siempre en las turbulentas
aguas saladas. Trago saliva como aquel que traga amarga hiel, y con
un suspiro se enfrentó a sus pensamientos que hirientes esperaban
para atacarla. Solo eran producto de observar, mirar lo absurdo de un
SI que en realidad quiere resultar ser una negativa, de valorar lo
amargo de un amor que se termina tras muchos años de cariño, de
vivir las sinrazones de una humanidad confundida que marcha en
tropel, adiestrada por unas cuantas normas de marketing y unas
cuantas sinrazones consentidas y valoradas a bien, en un mundo
carente de amor por los mismos hombres que lo viven. Y entonces, se
pregunto infinitamente entristecida ¿para que? Y volvió a sentir la
dulce brisa del mar, el bello horizonte que juguetón acariciaba el
lomo del océano, las grises nubes que lucían hermosas y
amenazadoras.... ¿Para que?
Laura Gil Moreno de Mora Feijoo
martes, 15 de enero de 2013
Música para leer No, no volverán...
http://www.youtube.com/watch?v=zWbsnAHXyBU&list=PLwvI1b-M2PSYZW_FXChR62GOyANp5jAe-
No, no volverán...
Llegaba el
invierno. La familia al completo preparaba el viaje, volverían con
las flores y el calor. Pero puede que aquella dulce niña no
estuviese, que su tierno corazón se hubiese terminado de romper, que
las lagrimas la hubiesen ahogado, temía no encontrarla.
Sobrevoló rápido
el triste jardín, y se posó en el alfeizar de la solitaria torre.
La gran mansión había pasado de ser un lugar alegre y cálido a
resultar un edificio oscuro y gélido. Con el pico, retiro presuroso
algo de escarcha que habían dejado caer las hojas de madreselva que
cubrían la fachada y enmarcaban la ventana. Notaba como el frio le
aceleraba el corazón, sabia que si se quedaba, moriría, pero como
iba a abandonarla, ahora que se había quedado tan sola.
Miró hacia el
interior de la habitación y allí estaba la joven, envuelta en lo
único cálido que parecía quedar en aquella desolada vivienda, una
gruesa manta tejida a mano. Con la mirada perdida, tatareaba una
nana mientras dejaba rodar una lagrima tras otra, sollozos amargos,
poco le quedaba ya, salvo las golondrinas, porque volverían en
primavera, volverían.
Desde allí fuera,
a pesar del frio incipiente, él se decidió a cantar. Silbó su
mejor canción, aquella nana que había oído tantas veces, y por un
instante los ojos de la joven se iluminaron. Despacio se acercó a la
ventana y miró a la golondrina que con esfuerzo cantaba en el
alfeizar. Conmovida se secó las lagrimas y escuchó al dulce pájaro.
Día tras día,
volvía la golondrina a cantarle a aquella princesa marchita y
desolada, que lo escuchaba embelesada. El frio gélido del invierno
fue acentuándose y los días fueron encrudeciéndose, pero los
cantares de aquella inconsciente golondrina hacían brillar de
ilusión los ojos de aquella niña y nada le importaba a él salvo
ver la luz en su mirada y la sonrisa en su rostro cuando el le
silbaba.
Al despertar
aquella mañana vio con dolor que el jardín estaba cubierto por una
gruesa capa de nieve. Desde su nido contemplaba la ventana de ella,
pero sabía que no resistiría, que sus fuerzas habían llegado al
limite. Y con sorpresa vio en la lejanía, abrirse la ventana de la
torre de par en par, y asomarse a su princesa cantando aquella nana.
Estaba buscándolo. Y con la calidez de quien se siente amado dejo
volar su corazón hacia la torre mientras su cuerpo helado descansaba
en el nido, incapaz de luchar contra el frio nevado.
Laura
Gil Moreno de Mora Feijoo
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