viernes, 15 de noviembre de 2013

Música para leer AIRE

http://www.youtube.com/watch?v=r2Gb3Mp5RQE

AIRE


Sintió como etérea flotaba sobre ellos. Sorprendida descubrió como parecían no darse cuenta de su presencia, reían despreocupados, vivían un buen momento, felices y cariñosos se abrazaban. Observó la escena envidiosa, imaginó aquellas caricias, aquellos abrazos, aquel calor sobre su propia piel y empezó a sentir frio. Un frio azul, triste, helado, que comenzó a recorrerle la espalda, provocandole un gran peso en el corazón. Asustada, miró a su alrededor, buscando una mano amiga, alguien que la viese, que quisiese escucharla. Se sentía muy sola allí arriba. Agitando los brazos intentó llamar la atención de los que estaban ahí abajo, les gritó, pidió auxilio pero quizás no la oyeron o quizás simplemente estaban ocupados con otros asuntos, nadie la ayudó.
Continuó haciendo grandes aspavientos creyendo que así alguien se percataría de que continuaba suspendida sobre ellos en una bola de cristal con purpurina, pero cada vez le resultaba mas frustrante y doloroso, las lagrimas heladas rodaban por sus mejillas, y con cada suspiro una nube de vaho traicionaba la dolorosa realidad, hacia demasiado frio ahí arriba y estaba sola, muy sola. Poco a poco fue dándose cuenta de que jamas caerían en la cuenta, de que nunca sabrían que estuvo allí llorando lagrimas heladas de soledad. Dejo de mover los brazos, dejo de pedir ayuda, y triste se encogió sobre su propia herida sin albergar ni un atisbo de esperanza.

Alguien le acarició el pelo, consolador, tierno. Los de abajo continuaban con su jarana, pero allí arriba hacia menos frio, ya no estaba sola, y quizás ahora pudiese escapar de esa bola de brillantina que la tenia prisionera. Se marcharon juntos. Ella dejo su broche, el gatito dorado, por si un día miraban hacia arriba, que supieran que había estado allí, esperándoles.


Laura Gil Moreno de Mora Feijoo

martes, 4 de junio de 2013

Música para leer ¿Para qué?

http://www.youtube.com/watch?v=cyBc3mdLrJk

¿Para que?

 Con paso lento dibujó su estela en la arena, dejando detrás de su marcha el rastro de sus huellas surcando las pequeñas dunas de la playa. Las nubes lucían grises, amenazando al mundo, tapando el cálido sol, enfadadas y seguras de si mismas, dispuestas a sembrar aquella tristeza de la que se hallaban presas desde que la realidad se había apoderado de sus Cúmulos Nimbos.

Mirando al cielo, guiñó los ojos, deslumbrada por el extraño efecto de la ausencia de sol reflejada en el gris pálido de las nubes. El desconcierto la angustiaba, parecía asfixiar sus sentidos. Llegó por fin a la espiga de rocas que se adentraba en el mar y sintiendo la fría y húmeda piedra bajo sus pies, acopló su caminar sobre los pedruscos hasta llegar a los que se situaban en último lugar, casi dentro del mar. Y allí, apreciando la brisa en el rostro y algunas gotas de agua salada salpicando su tez se sentó, abandonándose al ruido del oleaje y a la tranquilidad del mar.


Dubitativa miró las curvas de las olas, la belleza de un día nublado, el color del horizonte, los barcos que perezosos parecían holgazanear esparcidos sobre el inmenso puerto, parejas que a lo lejos, diminutas, caminaban por el paseo marítimo. De pronto, un pinchazo agudo le recordó el dolor que traía consigo, la desazón que bien le hubiese gustado poder lanzar al mar y que se hundiese para siempre en las turbulentas aguas saladas. Trago saliva como aquel que traga amarga hiel, y con un suspiro se enfrentó a sus pensamientos que hirientes esperaban para atacarla. Solo eran producto de observar, mirar lo absurdo de un SI que en realidad quiere resultar ser una negativa, de valorar lo amargo de un amor que se termina tras muchos años de cariño, de vivir las sinrazones de una humanidad confundida que marcha en tropel, adiestrada por unas cuantas normas de marketing y unas cuantas sinrazones consentidas y valoradas a bien, en un mundo carente de amor por los mismos hombres que lo viven. Y entonces, se pregunto infinitamente entristecida ¿para que? Y volvió a sentir la dulce brisa del mar, el bello horizonte que juguetón acariciaba el lomo del océano, las grises nubes que lucían hermosas y amenazadoras.... ¿Para que?


Laura Gil Moreno de Mora Feijoo

martes, 15 de enero de 2013

Música para leer No, no volverán...

http://www.youtube.com/watch?v=zWbsnAHXyBU&list=PLwvI1b-M2PSYZW_FXChR62GOyANp5jAe-

No, no volverán...



Llegaba el invierno. La familia al completo preparaba el viaje, volverían con las flores y el calor. Pero puede que aquella dulce niña no estuviese, que su tierno corazón se hubiese terminado de romper, que las lagrimas la hubiesen ahogado, temía no encontrarla.
Sobrevoló rápido el triste jardín, y se posó en el alfeizar de la solitaria torre. La gran mansión había pasado de ser un lugar alegre y cálido a resultar un edificio oscuro y gélido. Con el pico, retiro presuroso algo de escarcha que habían dejado caer las hojas de madreselva que cubrían la fachada y enmarcaban la ventana. Notaba como el frio le aceleraba el corazón, sabia que si se quedaba, moriría, pero como iba a abandonarla, ahora que se había quedado tan sola.
Miró hacia el interior de la habitación y allí estaba la joven, envuelta en lo único cálido que parecía quedar en aquella desolada vivienda, una gruesa manta tejida a mano. Con la mirada perdida, tatareaba una nana mientras dejaba rodar una lagrima tras otra, sollozos amargos, poco le quedaba ya, salvo las golondrinas, porque volverían en primavera, volverían.
Desde allí fuera, a pesar del frio incipiente, él se decidió a cantar. Silbó su mejor canción, aquella nana que había oído tantas veces, y por un instante los ojos de la joven se iluminaron. Despacio se acercó a la ventana y miró a la golondrina que con esfuerzo cantaba en el alfeizar. Conmovida se secó las lagrimas y escuchó al dulce pájaro.
Día tras día, volvía la golondrina a cantarle a aquella princesa marchita y desolada, que lo escuchaba embelesada. El frio gélido del invierno fue acentuándose y los días fueron encrudeciéndose, pero los cantares de aquella inconsciente golondrina hacían brillar de ilusión los ojos de aquella niña y nada le importaba a él salvo ver la luz en su mirada y la sonrisa en su rostro cuando el le silbaba.
Al despertar aquella mañana vio con dolor que el jardín estaba cubierto por una gruesa capa de nieve. Desde su nido contemplaba la ventana de ella, pero sabía que no resistiría, que sus fuerzas habían llegado al limite. Y con sorpresa vio en la lejanía, abrirse la ventana de la torre de par en par, y asomarse a su princesa cantando aquella nana. Estaba buscándolo. Y con la calidez de quien se siente amado dejo volar su corazón hacia la torre mientras su cuerpo helado descansaba en el nido, incapaz de luchar contra el frio nevado.

Laura Gil Moreno de Mora Feijoo