viernes, 26 de octubre de 2012
Héroe
Alguien dijo
alguna vez que los héroes son invencibles.
Pero ella sabía
que son fuertes porque luchan, que si no retroceden es porque le
hacen frente a sus temores, que cuando notan que flaquean los ánimos
y les abandonas las fuerzas, sacan de sus últimos suspiros la
energía para seguir adelante, que los héroes no existen, solo
personas de corazón férreo, de voluntad solida con ideas firmes que
avanzan por la vida dejando sus huellas bien marcadas en el fango del
dolor.
Ella lo sabía
bien. Hay héroes cansados, que tristes contemplan como el espejo de
la cruda realidad les escupe su sucia imagen, desecha por la edad, el
desgaste de las penas y las canas del sufrimiento. Es cuando dejan
caer la espada que antaño enarbolaron valientes y se arrodillan con
el rostro surcado por lagrimas y el corazón roto, marcado por mil
cicatrices que ya no sanarán. Puede que entonces, no vean los
rostros preocupados de los que les siguen.
Ella lo miraba,
desde atrás, atreves del espejo. Lo sabia todo. Lo sabia todo tan
bien. Quiso gritarle, pedirle que se levantase. Quería que supiese
que no estaba allí solo, que aquellas heridas no habían sido en
balde, que estaban allí, justo detrás de el, que no habrían
llegado tan lejos sin su fuerza, sin su valentía, sin su tesón. Que
el héroe que había dentro de el los había salvado de caer. Habría
dado cualquier cosa para que levantase la mirada, los habría visto
allí, a sus espaldas, esperándolo.
Ella lo sabia, lo
necesitaban, igual que el a ellos. Y no podrían continuar la marcha
hasta que aquel héroe tomase de nuevo su arma y junto a los suyos,
reanudase el viaje hacia la felicidad.
Laura Gil Moreno de Mora Feijoo
jueves, 11 de octubre de 2012
Luz y Oscuridad
Y comenzó a bailar.
Aquel amanecer merecía una danza delicada, suave y lenta, que
pintase de colores la realidad latente de los durmientes y que
despertase la vida ensoñatada y perezosa de quien se sabe moribundo.
Estaba radiante, su
felicidad iluminaba cada pensamiento, cada lagrima escondida, toda la
melancolía almacenada durante los años de vida de aquel anciano,
que solitario, observaba como imponente, la Luz bañaba generosa los
campos de trigo y los bosques de robles que silenciosos lo rodeaban.
Cada color hizo gala
de su belleza extraordinaria, porque ella estaba allí, dejadolos
existir, permitiendolos danzar a su son, aclarándolos con su
sonrisa, meciéndolos en su abrazo protector.
Pero nada se puede
hacer cuando entra en el paso la otra, la dama de negro que jamas
perdona, solitaria, triste señora de la noche, siempre acompañada
de astros blancos, que reflejan sus suspiros y anhelos. Se presentó
fatidica a la reunión y poco a poco, se incorporó al baile
eclipsando al resto de danzarines, porque absorbía los colores, las
risas y las canciones, y al ritmo del trágico silencio continuó con
sus lentos movimientos , sumiendo al mundo en el sopor de la
Oscuridad.
Día tras día
bailan el mismo baile, disputándose el reinado de los colores, pero
ninguna comprende que no son mas que el reflejo de un mismo ser en un
espejo y que será un vals ahora y siempre, para toda la eternidad
Laura Gil Moreno de Mora Feijoo
sábado, 6 de octubre de 2012
Perro Verde
Se agazapó en
aquella negrura que la cobijaba. Siempre lo había creído así, la
soledad no es tan mala. Y entonces lentamente aquel gusano que notaba
en el estomago se retorció algo mas fuerte de lo normal. Miedo.
Desde allí, contemplaba las vidas ajenas, que al compás del blues
del tiempo marcaban el paso hacia delante. Puede que acabase asomando
aquel maldito gusano, reptaba arriba y abajo en su interior,
inquietandola.
Y sintiendo la
punzada del dolor, cerro los ojos con fuerza, las lagrimas que
intentaba contener dentro de sus parpados le quemaban, pero no iba a
permitirse el lujo de llorar. Si era un perro verde, ¿porque no
también para eso? Escurriría la humedad de su alma, apretando el
corazón en un puño, dejando caer las lagrimas, a ese pozo de
soledad y negrura que la envolvía.
A pesar de la
tristeza contenida, giró el rostro y con los ojos aun cerrados
escucho el maullido de un gato, que tranquilizador resonaba en las
tinieblas. El pelaje suave y aterciopelado del animal le rozó el
brazo y algo cálido se recostó en su regazo. Casi sin pensar, paso
sus dedos por la cabeza del pequeño, que ronroneaba al sentirla
cerca. Su lazarillo estaba allí, junto a ella. Cerró los ojos y se
quedó dormida. Un perro verde, a la vuelta de la esquina.
Laura Gil Moreno de Mora Feijoo
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