martes, 6 de marzo de 2012

Canica


Volvía del colegio cansado y triste. Una vez mas había sido una jornada dolorosa y larga. Los insultos y los golpes cada día eran mas duros. Tomás tenia claro que al llegar a casa pondría la mejor sonrisa para su madre, y que cuanto antes pudiese se encerraría en la habitación.
Pasó los tramites familiares como mejor pudo, y cuando por fin se encontró a salvo en su cuarto, apretó los puños con fuerza.
Recorrió con los ojos, la estantería de las canicas. Las tenia de todos los tipos, grandes pequeñas, brillantes, mates... Era su pasión coleccionarlas.
La ultima, se la había traído su tío de África. Le contó que la encontró cerca de un cementerio antiguo y que un chaman del pueblo, en el que estuvo viviendo un par de meses, le explicó que esas piedras, eran en realidad fragmentos de alma cristalizadas, que se quedaban en la tierra, con diferente finalidades.
Era una bonita leyenda, pensaba Tomás, mientras apretaba la dorada esfera entre sus pequeñas manos. Aquella canica era más grande que las demás, y siempre estaba fría.
Aquella noche, mientras el pequeño se revolvía en la cama, soñado con el infierno que le esperaba al día siguiente en el colegio, la canica comenzó a brillar tenuemente.
Bajo aquel fulgor, Tomas no parecía el mismo, sus rasgos de angustia se veían acentuados, y se apreciaba una mancha sobre su costado izquierdo, como si le sangrase el pecho.
Poco a poco aquella luz fue incrementándose y la canica comenzó a vibrar. Lentamente apareció una rendija minúscula que la dividía. Aquella apertura fue ensanchándose hasta que aparecieron unas patas doradas por ella.
La canica, ya no era tal, sino más bien un ser, similar a los ''bichos bola''. Dirigió su mirada al pequeño que descansaba en la cama. Había estado sintiéndolo, oliendo todo su sufrimiento.
Se fijó en la mancha del pecho, Tomás sangraba profusamente. La canica se acercó al durmiente, y se situó sobre su costado, a pocos centímetros pudo observar una herida profunda, que llegaba hasta el corazón. Sin pensarlo dos veces, el bicho dorado fue introduciéndose por la herida, comiéndose las partes dañadas, que hubiesen impedido más adelante la curación. Cuando por fin llegó al corazón, se encontraba bastante debilitado, observó con detenimiento que le habían arrancado un pedazo. Con sus últimas fuerzas, clavó sus patas en el músculo y cubrió la mutilación con su cuerpo dorado, devolviéndole la forma original al órgano vital de Tomás.
Al día siguiente, el pequeño se despertó tras un sueño extraño. Se encontraba descansado, las ojeras que normalmente lucía bajo sus ojos pardos, habían desaparecido. Y el alma ya no le pesaba.
Se dirigió al colegio con paso ligero, dispuesto a afrontar la jornada con dignidad.
Todos aquellos que le habían hecho la vida imposible se apartaron de él, porque ahora en los ojos de Tomás brillaba una luz dorada, similar a aquella canica que tuvo una vez.

Laura Gil Moreno de Mora Feijoo

5 comentarios:

  1. Ains!!! No lo puedo plagiar, ni queriendo Lau, es preciosoooo!!!! la musica genial!!! y me ha saltado una lágrimaaaa!!! Quien de nosotros no ha sido ese niño alguna vez...

    ResponderEliminar
  2. ^^ Gracias Paco!!!!! jejejejejejejej

    ResponderEliminar
  3. Si, tienes toda la razón del mundo Paco, yo también he revivido tristes momentos de mi infancia, era víctima frecuente de burlas debido a mi timidez, no me avergüenza reconocerlo. Aunque en mi caso yo coleccionaba monstruitos de plástico en lugar de canicas, recuerdo con especial cariño un grifo de color azul que me compró mi abuelo. Muy hermoso relato..., y si terminas publicando una recopilación de cuentos, quiero un ejemplar dedicado!!!

    ResponderEliminar
  4. :)
    Que quieres que te diga...
    Maravilloso =)

    ResponderEliminar