Aquella ciudad olía a gris, a monotonía, a prisas y a desgracias. Si sus habitantes alzaban el rostro solo alcanzaban a ver interminables hileras de ventanas, algunas de ellas devolvían el reflejo oscuro de la cara que ofrecían las calles, otras sin embargo, revelaban el interior de las viviendas y oficinas.
Diana, paseaba, sin rumbo fijo, con la mirada perdida, sumergida en la infinidad de sus divagantes pensamientos. Las calles estaban abarrotadas de gente, todos andaban con mucha urgencia, y sin darse cuenta empujaban a la joven en una marea humana.
Ella no tenía prisa, ni destino, caminaba perdida, con una pequeña mochila sucia a las espaldas. Cada día, recorría una parte de la ciudad, quería escapar, huir de aquella soledad morbosa que la torturaba, que la rodeaba de gente para recordarle que nadie repararía en ella, que nadie la ayudaría, que resultaba invisible para los demás.
Se paró frente a un escaparate a mirar los ositos de peluche, había uno idéntico al que había tenido su hermano pequeño. La Vida le había arrebatado demasiadas cosas… las lagrimas se asomaron a sus ojos, también querían ver el juguete, pero con un rápido parpadeo Diana las escondió, no podía permitirse el lujo de llorar, todavía no.
Continuó caminando y sorprendida, llegó a un lugar de la ciudad que nunca antes había visto. En la verja, había un enorme cartel: SITIO VERDE. La joven había oído hablar de estos lugares, quedaban pocos, eran espacios donde se conservaba lo que antes había sido la Tierra, vegetación, plantas, flores, arboles….
Indecisa, Diana observó desde el otro lado de la calle el paisaje. A pesar de que estaba rodeado de edificios grises, se le antojaba bello y amenazador al mismo tiempo.
Con paso titubeante, cruzo la verja y se adentró entre la maleza. Estaba muy descuidado, y la hierba crecía por todas partes alta y sin orden, los árboles frondosos, impedían que la luz del sol penetrase entre sus ramas, sumiendo el entorno en una penumbra agradable.
Avanzó hacia el corazón de aquel extraño bosquecillo… y se sintió en paz consigo misma.
Alzó la vista cuando llegó junto a un gran árbol, era inmenso. Sus enormes raíces sobresalían de la tierra, acogedoras, como queriéndola abrazar amorosas. Sus fuertes ramas, se alzaban hacia el cielo, pidiendo clemencia.
Diana avanzó hasta situarse cerca, pudiendo así acariciar sus raíces y el áspero tronco. Al sentir la calidez de aquel viejo Castaño… rompió a llorar abrazada a él. Lloró todas aquellas lágrimas que había guardado, todas las que no había llorado. Había encontrado el final de su terrible y pesado camino.
Más tranquila, con lágrimas corriéndole aun por las mejillas se acurrucó entre las raíces del árbol, y aunque ella no se dio cuenta, las extremidades del coloso se movieron lentamente para arrullarla.
Diana se sumió en un sueño profundo, hacía mucho tiempo que no dormía…
Lentamente su piel fue fundiéndose en contacto con las raíces, deshaciéndose, pasando a formar parte de ellas. En su rostro, lo último que se pudo ver, si alguien lo hubiese observado, fue una paz inmensa, aquella que le había sido negada durante tanto tiempo.
Cuando sopla el viento, los vecinos del lugar, cuentan que oyen el murmullo de una joven que templa el espíritu de los solitarios y afligidos, acompañándolos en su dolor. Y es entonces cuando todos recuerdan vagamente a la chica de ojos tristes que deambulaba solitaria por los barrios de la ciudad.
Laura Gil Moreno de Mora Feijoo
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