Abrí los ojos lentamente… me rodeaba una oscuridad casi completa. Llegué a apreciar que me encontraba en un bosque… miles de troncos gruesos y negros me rodeaban. Respiré profundamente, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Comencé a avanzar a tientas, con los brazos extendidos para no caer.
No se cuanto tiempo debí caminar, horas, días semanas… finalmente me detuve, percibía movimiento a mi alrededor, el aire se volvió pesado y la oscuridad se fue aclarando. Continué hacia delante. Hasta que en un valle, vislumbre una luz… brillaba con intensidad, casi con descaro. Y entonces las vi… miles de siluetas humanas, reptaban hacia la estrella con ademanes suplicantes, como implorando. Veía como poco a poco se acercaban al astro infame y como sin motivo aparente se consumían sus carnes, se deformaban sus huesos, se dibujaba una sonrisa estúpida en sus rostros y quedaban a merced de una voluntad ajena. Miré aterrada aquel macabro espectáculo con la nausea atenazando mi garganta y la humedad de mis ojos escociéndolos hasta enrojecerlos. Miles de formas seguían avanzando hipnóticas hacia la luz, aquella luz de falsas promesas.
Miré el bosque… la oscuridad rodeaba el claro, los altos arboles negros se alzaban amenazadores, como queriendo evitar la marcha atrás de la masa.
Permanecí inmóvil... aquel resplandor me provocaba pánico… no quería una sonrisa hueca en mi rostro, no quería esa deformidad en mi cuerpo…
A pesar del miedo que sentía, volví sobre mis pasos, dejando atrás la luz y a los desdichados que dejaban morir su esencia en ella. Muchos me miraron desorbitados al ver que renunciaba al astro, que prefería un mundo gris y sombrío, al mundo iluminado y ‘’feliz’’ de la luz cálida y pesada.
A medida que me alejaba el aire se tornó menos denso, lo que me permitía respirar con mas holgura, mis facciones se relajaron, aunque no veía con claridad el camino, pero al fin y al cabo, que es vivir? Si no enfrentarse a los tropiezos y tragedias invisibles que nos sorprenden?
En cada traspié notaba lágrimas cálidas resbalando sobre mi piel, y recordaba aquellas sonrisas fútiles. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que las lagrimas que derramaba tras las heridas del viaje, eran las que daban sentido a mis sonrisas, que la calidez lo era gracias al frio, que la alegría no sería tal sin la tristeza, y comprendí lo que les faltaba a aquellos rostros de felicidad deforme.
Laura Gil Moreno de Mora Feijoo
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