domingo, 4 de marzo de 2012

Rubí

Pasaban los días. Los percibía largos, infinitos. Aquella mañana la sintió especialmente triste. La enfermera como era habitual entró a tomarle la tensión y a comprobar que el oxigeno estaba en los niveles correspondientes. Marcial la miró serenamente. Era una muchacha amable y bien parecida, pero él ya no esperaba nada de la vida, y la observó con desgana.


Tras dedicarle una radiante sonrisa, la joven se retiró de la habitación, dejándolo solo. Con un descomunal esfuerzo, el anciano se incorporó en la cama, dispuesto a asomarse a la ventana. Sintió como sus viejos huesos gemían, se imaginó como se quejaban bajo su peso, después de tantos años reclamaban su merecido descanso, coléricos. Tardó un buen rato, hasta que por fin pudo apreciar tras el sucio cristal las hojas rojas de los arboles, moviéndose al compas del viento, parecían bailar una canción animada. El cielo encapotado quería llorar, tenía razones, pensó Marcial, la vida era demasiado triste, y las nubes lo sabían.


Giró lentamente la cabeza, hasta que posó sus cansados ojos en la mesita y la silla que constituían, además de la cama, los únicos muebles de su habitación. Sobre la mesa, había una fotografía.


Aunque notaba dificultad para respirar, Marcial cogió con manos temblorosas el marco barato que contenía la instantánea. Sonrientes, una mujer y su hijo miraban al frente, con luz en los ojos y esperanza en el corazón.


Con el dedo índice acarició sobre el cristal el rostro de la mujer, era tan bella, tan perfecta.


Esa palabra resonó en el pecho y la cabeza del anciano. Aun recordaba cuando la vio por primera vez. Se acordó de cómo el corazón se le salía del pecho al cogerla en brazos, al besarla. Sintió su piel suave, sus ojos inocentes y supo que era perfecta, que era y seria su queridísimo tesoro.


Repasó los años en los que la vio crecer, quizás demasiado deprisa, transformándose en una joven hermosísima… exacta a su madre, a la cual él había adorado. Cuantas noches en vela lloró tras su muerte, pero le quedaba su joya, su precioso Rubí.


Siguió pasando el dedo sobre la imagen, sumido en sus recuerdos. Había trabajado duro, obligándose a ganar lo suficiente para que ella pudiese tener un gran futuro, para que no se privase de nada. La quería demasiado como para verla sufrir por cualquier cosa.


Transcurrieron los años, y el Rubí acabó siendo su gran orgullo, una importante científica, casada y con un hijo precioso. Una familia apoderada y de gran renombre. Marcial se sentía feliz, todo era como él había deseado, rozaba la perfección, no podía pedir nada más.


Sin embargo, la perfecta realidad de aquel iluso, se rompió en mil pedazos, cuando comenzó a ser una carga para la familia ideal, y decidieron relegarlo al olvido en una residencia. Sin querer ver lo obvio, todos los fines de semana, Marcial les esperaba en el porche, ilusionado con las visitas. Pero se fueron distanciando en el tiempo… hasta que finalmente, lo iban a ver únicamente en navidad.


Su tesoro, su Rubí, la perfección que él había soñado… le destrozó el corazón.


Marcial había perdido sus esperanzas, sus ilusiones, sus sueños, su sonrisa. Ya no tenía brillo en la mirada, ni hoyuelos en las mejillas, no tenía Rubí ni tesoro. Solo una gran herida en el alma, y sabía que el cielo iba a llorar esa tarde por su triste historia.






Laura Gil Moreno de Mora Feijoo

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