Por fin el sol se había escondido. Sirrah estaba como de costumbre curioseando los sueños de los mortales. Indecisa posaba en unos y en otros su luminosa mirada, pero todos acababan por aburrirla. Sentía un vacío interior que la devoraba, y la obligaba a buscar incesante.
Una noche, al dirigir su mirada a la Tierra, descubrió a un joven. Le pareció hermoso, descansaba tranquilo, con las facciones relajadas y una lagrima rebelde surcando su rostro. Le observó interesada toda la noche, fascinada.
Alrededor de aquel mortal, comenzaron a suceder cosas inverosímiles, Sirrah maravillada reparó en que los demonios tallados en la lámpara de la mesita de noche, se movían y agitaban sus alas, perezosos. Al otro lado de la habitación la estatua de un ángel enfilaba su lanza, en postura defensiva. Mientras, el joven dormía, ajeno a la batalla que se libraba a su alrededor.
Ella se quedó observando durante toda la noche. No podía apartarse de aquel extraño muchacho, sentía curiosidad. Estudió con detenimiento cada imperfección de su piel, contó las pestañas de sus ojos, le recorrió con sus rayos de luz, acariciándole la espalda y arrullándole.
Casi sin darse cuenta, transcurrieron los años. Sirrah pasó a contar las pequeñas arrugas de expresión que aparecieron en su rostro, celosa vio como compartía el lecho con otra mujer, como poco a poco cumplía sus sueños. En parte maravillada, observaba absorta, enamorada, la vida de aquel joven que encontró una noche por casualidad.
La estrella no dejo de amarlo ni un solo momento, fielmente, sin un atisbo de duda, a pesar de que él jamás le dirigió una mirada, nunca supo de su existencia ni de su dedicación. Sirrah era feliz pudiéndolo contemplar noche tras noche, anhelando que el sol se retirase respetuoso, para que ella pudiese dar rienda suelta a su pasión.
Una noche, con la ilusión del primer día, la estrella, en cuanto tuvo ocasión, volvió su rostro hacia el mundo humano, para cuidar el sueño de su amado. Pero no lo vio en su dormitorio. Intranquila recorrió la ciudad pero tampoco dio con él. Y entonces, reticente hizo algo que había perdido la costumbre de hacer, mirar a otra persona que no fuese el. Buscó a la mujer con la que su protegido había compartido la mitad de su vida. Tampoco estaba en la casa, buscó durante un buen rato y finalmente la encontró en un lugar donde las estrellas detestan mirar… un agujero oscuro.
La viuda, frente a una lapida, lloraba desconsolada.
El brillante corazón de la estrella dejó de latir por un momento, había perdido a su amor, a la razón de su existencia. Y acompañó en el llanto a la desventurada mujer que se postraba en la noche, frente a la inscripción grabada en una placa plateada.
Y entonces, Sirrah desapareció para siempre. Ya no quería brillar por las noches si no era para él. No aguantaría salir una vez más sin encontrarlo. Y se apagó como una vela, con unos últimos destellos, agónica de tristeza.
La viuda miraba al cielo en ese instante, preguntándole al infinito las razones de su desdicha, y vio como la estrella más bella del cielo se apagaba, y sintió que una parte de su corazón, se extinguía con ella.
Laura Gil Moreno de Mora Feijoo
Jarr!!! Sirra se unio a su amado en la tumba, cuento precioso y emotivo, y como todos los que hablan de un gran amor, triste. Me gusta como presentas a la estrella, no lo haces directamente, si no con sus atributos y ubicación, dejando que el lector la descubra :) le da mas emoción, me encanta!!!
ResponderEliminarPerdon!!! Corrijo, Sirra se unio a su amado en la muerte.
ResponderEliminarAdemas me encanta la personificación de la estrella!!!
ResponderEliminarajajjajajaja Gracias Paco!!!! ^^
ResponderEliminarPerdon, pero tu cuento me ha inspirado una historia, soy un plagiador de ideas :P No me lo tengas en cuenta, para no sentir tanta verguenza te la envio solo a ti, ya me comentas que te parece.
ResponderEliminarEl sol se había escondido, los últimos rayos de luz daban paso a la majestuosa noche, el joven miro al cielo, allí estaba como cada noche, brillante, maravillosa, inspiradora, era la mas bella del firmamento, su luz de un claro azul resaltaban por encima de todas las demás.
ResponderEliminarCuando era niño, su padre orientaba la cuna hacia la ventana, lo primero que sus ojos vieron fue el firmamento, quedando grabado en lo mas hondo de su ser, ya jamas pudo volver a conciliar el sueño sin verlo, conforme creció fue dándose cuenta de que entre todas, una brillaba con singular fuerza y belleza, y a la par que iba descubriendo el caleidoscópico mundo de las emociones comprendió que había perdido su corazón, robado por siempre por esa estrella.
Mientras crecía le contaba sus penas, lloraba alumbrado por su luz e incluso le parecía sentir el suave toque de sus rayos, el tiempo pasaba, todo cambiaba, pero ella... ella...era eterna, impertérrita en un mundo caótico, el único asidero frente al vacío y la soledad de la existencia.
El tiempo pasa, las hojas caen, vuelven a salir, los días acortan, luego alargan... las estrellas viajan por el cosmos, son nuestras guías, el joven envejece, le llaman soñador, iluso, siempre mirando lo imposible, pero él, solo escucha a su estrella, pura y sincera, con su luz, muestra que nada es imposible en este mundo, por que si no, ella nunca existiría.
-Hoy voy a morir- comprende nuestro amigo, hoy mis cansados ojos verán por última vez el infinito
pide que le dejen la cama junto a la ventana, como de niño, allí, tumbado y ya sin fuerzas contempla el ocaso, las primeras estrellas, como aparece su estrella, ohhh... a sus ojos vuelve la juvenil luz de sus pasados años, una luz que se funde al maravilloso fulgor del astro, un fulgor que viaja junto su último hacia su amada...
Una lucero en el cielo centellea por un momento con una fuerza que nunca había mostrado, todos los que en ese momento están observando se maravillan, siente un cálido toque, nadie sabe por que, pero esa noche sienten que han sido testigos de algo maravilloso e inigualable...
*.* muy bonito Paco!
ResponderEliminar