lunes, 21 de mayo de 2012

LA CALA



Se asomó por la ventana, el sol iluminaba, agresivo, el palmeral. La orilla susurraba palabras de amor, mientras las aguas acariciaban suave y dulcemente la arena blanca. Un cangrejo perdido caminaba sin rumbo entre las rocas, temiendo su inminente final. El olor a salitre y agua que hacia llegar la brisa marina, le abrió los pulmones y con una túnica blanca, caminó lenta hacia la cala.

Dejando las sandalias a un lado, hundió los pies en la arena caliente , y un escalofrió le recorrió el cuerpo. Se agachó y con una mano, intento hacerse con un puñado de esas partículas deslumbrantes, pero al abrir la palma, se escurrieron entre sus ancianos dedos, al igual que se le iba la vida, al igual que todo iba y venia, y por fin, se perdía.

Inexpresiva, desvió la mirada hacia la orilla, y sintió aquellas tardes de verano, aquellos castillos eternos, aquellos paseos en barca, los cálidos besos de amor verdadero, las pieles tersas y morenas al sol. Y supo que no volverían, sintió que una tristeza profunda y pesarosa le mordía las entrañas, al mismo tiempo que una paz intensa y satisfactoria inundaba su corazón. Aquella cala, esa playa de arena blanca, la había visto crecer, reír, llorar, enamorarse, había conocido a sus hijos, y los había visto jugar. Testigo silencioso de su vida, ahora la miraba afligido, sombra de lo que un día fue, de figura encorvada, con piel arrugada y ojos apesadumbrados que temblaban bajo el yugo de la realidad.

Cantando una nana caminó hacia el agua, y antes de que esta le pudiese lamer los pies, se sentó sobre la toalla, recostándose, dejando que el sol la bañase por completo, y estirando las piernas sintió el frescor del mar.

Pauso su respiración, quería descansar, le pesaba la edad, la vida, los acontecimientos, las lagrimas derramadas, las alegrías y los pesares, todo poco a poco había agotado su valiente corazón.
Lentamente, cayó en un sueño profundo, del que ya jamas despertó. Y libre por fin, pudo correr entre las olas, con sus cabellos castaños de nuevo, los ojos llenos de paz y una nana en el alma.

Laura Gil Moreno de Mora Feijoo

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