Se asomó por la
ventana, el sol iluminaba, agresivo, el palmeral. La orilla susurraba
palabras de amor, mientras las aguas acariciaban suave y dulcemente
la arena blanca. Un cangrejo perdido caminaba sin rumbo entre las
rocas, temiendo su inminente final. El olor a salitre y agua que
hacia llegar la brisa marina, le abrió los pulmones y con una túnica
blanca, caminó lenta hacia la cala.
Dejando las
sandalias a un lado, hundió los pies en la arena caliente , y un
escalofrió le recorrió el cuerpo. Se agachó y con una mano,
intento hacerse con un puñado de esas partículas deslumbrantes,
pero al abrir la palma, se escurrieron entre sus ancianos dedos, al
igual que se le iba la vida, al igual que todo iba y venia, y por
fin, se perdía.
Inexpresiva, desvió
la mirada hacia la orilla, y sintió aquellas tardes de verano,
aquellos castillos eternos, aquellos paseos en barca, los cálidos
besos de amor verdadero, las pieles tersas y morenas al sol. Y supo
que no volverían, sintió que una tristeza profunda y pesarosa le
mordía las entrañas, al mismo tiempo que una paz intensa y
satisfactoria inundaba su corazón. Aquella cala, esa playa de arena
blanca, la había visto crecer, reír, llorar, enamorarse, había
conocido a sus hijos, y los había visto jugar. Testigo silencioso de
su vida, ahora la miraba afligido, sombra de lo que un día fue, de
figura encorvada, con piel arrugada y ojos apesadumbrados que
temblaban bajo el yugo de la realidad.
Cantando una nana
caminó hacia el agua, y antes de que esta le pudiese lamer los pies,
se sentó sobre la toalla, recostándose, dejando que el sol la
bañase por completo, y estirando las piernas sintió el frescor del
mar.
Pauso su
respiración, quería descansar, le pesaba la edad, la vida, los
acontecimientos, las lagrimas derramadas, las alegrías y los
pesares, todo poco a poco había agotado su valiente corazón.
Lentamente, cayó en
un sueño profundo, del que ya jamas despertó. Y libre por fin, pudo
correr entre las olas, con sus cabellos castaños de nuevo, los ojos
llenos de paz y una nana en el alma.
Laura
Gil Moreno de Mora Feijoo
Quien no querria marcharse de esa manera tan idilica... :)
ResponderEliminarSi... es incluso relajante.
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