Nacía en lo alto de
una gran montaña, se le helaba el alma con el frió de las mañanas.
La escarcha pintaba de blanco el paisaje, helada confería un toque
impersonal al bosque.
Tímido, aparecía
de entre unas rocas, gélido, puro y transparente, caía hasta el
suelo, corriendo hacia delante para callejear vigoroso el camino.
Asombrado murmuraba en sus andanzas, mientras contemplaba la belleza
de los arboles, de las flores, de las elevadas montañas, los
encumbrados picos y las suaves colinas.
Divertido, se
entretenía haciendo girar las aspas de un viejo molino. Continuaba
su viaje entre una plantación de altos chopos, un sinfín de cañas,
un campo verde de trigo, un millón de margaritas.
Se sentía
importante, único. Entre sus carnes llevaba la vida, y se creía
indispensable para los demás. Con la cabeza alta y el orgullo
tocando el cielo, bailaba alegre, pensando que aquello no tenia fin,
que jamas acabaría, que daría la vuelta al mundo y podría de nuevo
comenzar.
Un olor a salitre,
detuvo su frenesí. Era una fragancia desconocida, diferente a todo
lo que había percibido hasta entonces. Incrédulo, vio como se
acercaba su final, sus dulces aguas, su transparente vida y su
camino, desembocaban en el ancho mar. Y así, cedió su pureza y su
bello nombre a la inmensidad, quedando toda su majestuosidad en un
triste delta, una mustia lapida, lúgubre despedida de un coloso al
morir.
Laura
Gil Moreno de Mora Feijoo
Me encanta como describes al rio desde su nacimiento hasta su fin jejeje, pero el final me parece un poco triste, aunque el símil de la lápida y el delta es buenisimo!!! ;)
ResponderEliminarGracias Paco!!!!! ^^ es un poco triste pero esque siempre me ha dado mucha pena que los rios terminen asi!
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