martes, 20 de marzo de 2012

Musica para leer Secuelas en el Alma

Espero que os guste:  http://www.youtube.com/watch?v=Tl8vphXR0vA

SECUELAS EN EL ALMA

Los recuerdos se arremolinaban en mi cabeza. Miré la pantalla del ordenador. Una música de piano sonaba suave, triste. No podía pensar en nada, me encontraba bloqueada.
Bebí un par de sorbos de té. Sentí que un escalofrió me recorría, y me recosté en el sofá.
Fuera, la lluvia, tocaba su propia canción, y acompañaba a la tarde en su melancolía.
Sentí un fuerte dolor en el pecho, y despacio, baje la cremallera de mi piel que daba paso al cofre donde guardaba mi alma. Abrí la cajita de madera astillada. Estaba forrada por dentro de terciopelo granate. Con sumo cuidado atrapé el amasijo de luz que brillaba en el fondo del contenedor.
Al examinarla de cerca, me di cuenta de que ya no era como años atrás, seguía teniendo luz propia, pero era menos brillante, se había ido apagando, y la forma que se adivinaba debajo había dejado de ser una esfera perfecta y suave, para convertirse en una bola deformada.
Mire triste mi propia esencia. Los recuerdos me asfixiaban. Que bonita era la inocencia, la niñez, los sueños, la ilusión, la confianza... mi alma había estado repleta de todo aquello una vez, hace mucho, y había sido hermosa.
Pero con el trascurso de los años, se había recrudecido, transformándose en una esencia de adulto, desconfiada e incrédula.
Valore las secuelas de la vida, lo que perdemos en el camino. Seguía escuchando como el piano con sus notas tristes intentaba arrancarle el llanto a la música.
Sin dejar de mirar mi alma mutilada, se me escaparon un par de lágrimas vacías, que necrosaron zonas de la esencia donde cayeron.
Metí mi alma de nuevo en el cofre. Salí al jardín, bajo la lluvia, y corrí hasta el sauce llorón. Deje a un lado la cajita y cave con mis manos un hoyo profundo. Allí, enterré mi esencia, mi alma, mi yo. Mojada y sin esperanza volví a casa para sumirme en un sueño profundo.
Al despertar, en la oscuridad percibí un destello azulado. Mire a los pies de mi cama. Mis tres gatos lamían una esfera, algo deformada, que iba incrementando su luz a medida que los felinos la curaban. Sorprendida me acerqué... era mi esencia.
Seguía dañada, nunca volvería a ser el alma de una niña pero su luz se había intensificado y sus partes deformes suavizado.
La cogí con cuidado y de nuevo la coloque dentro de mi pecho.
Y entonces los sentí, cerca, en mi corazón, a mis tres compañeros, que me cuidarían siempre.


Laura Gil Moreno de Mora Feijoo

jueves, 8 de marzo de 2012

Música para leer SOLEDAD

http://www.youtube.com/watch?feature=endscreen&NR=1&v=Wa-N_r1IqTY

SOLEDAD

No sabía como había llegado allí, pero me encontré mirando una gran puerta. Negra, tenebrosa, con un pomo plateado a su derecha. Varios individuos iban delante de mi, en una larga fila. Esperábamos turno para poder entrar. Temerosos, observábamos a los guardianes sin rostro, que nos impedían renunciar a nuestro objetivo.

La puerta se abrió de pronto y un chico joven salió con el semblante desencajado. Con una mueca de horror echó a correr en dirección a una gran masa de gente que con estruendo, comentaban, gritaban, reían... Cuando el aterrorizado joven llego junto a ellos, se relajo poco a poco, hasta que comenzó a charlar animadamente, olvidando el mal rato que hacia minutos acababa de vivir.

Observé incrédula la situación, y me pregunté inquieta, que debía ocurrir detrás de aquella misteriosa y oscura puerta. Ahora que había reparado en toda aquella gente, me resultaban casi ensordecedores y molestos. No podía apenas centrarme en mis propios pensamientos. Los miré varios minutos, preguntándome como podían mantener su integridad individual estando metidos en esa masa informe de gente y gritos, que los manipulaba y los llevaba a reír y exclamar casi al unisono. Mientras, otro de los que habían esperado delante mio, repetía el mismo comportamiento extraño que el anterior.

Uno a uno, los que me precedían, aterrados salieron por la puerta y corrieron presurosos a los brazos de la masa, a cobijarse.

Era mi turno. Temblorosa toqué el pomo, que ahora de cerca, me parecía mas grande, lo encontré extremadamente frió. El color plateado hacía un extraño contraste con el negro profundo de la puerta. Necesité ambas manos para poder abrirla, era gruesa y pesada, así que cuando vi que ya podía entrar dejé de estirar y me colé en el interior de la estancia, intrigada.

Al principio estaba todo demasiado oscuro para poder ver nada, pero mis ojos se acostumbraron rápido al ambiente, y pude observar que era una habitación amplia, en la que solo había un gran espejo y un sillón enfrente. Colgando de una pared, un reloj marcaba los segundos ralentizados. Hice algún calculo, y quizás un segundo de aquel cuco, era como un minuto en el exterior.

Note una ligera sensación de estrés, como si el tiempo no pasase, y fuera presa del momento. Decidí sentarme en el sillón, escuchando los lentos movimientos de la aguja segundera del reloj. Mis pasos sonaron en el eco, un sentimiento de soledad me embargó completamente, y pensé en salir corriendo.
Pero estaba dispuesta a alejarme de la masa infame que tanto me había molestado fuera.

Respiré de nuevo, y miré al frente, allí estaba, reflejada en el espejo. Me observé detenidamente. No había nada mas a mi alrededor, y lo único que podía hacer, era estudiarme. Me fijé en que la imagen que el espejo mostraba, me desnudaba, hacia que me viese como realmente era. Parte de mi rostro lucía luminoso, tranquilo, bello, las mejillas rosadas y los labios carnosos. La otra mitad reflejaba crueldad, amargura, una gran ojera bajo el ojo le daba un aspecto siniestro a mi mirada, una cicatriz me cruzaba la mejilla, y un hematoma cubría mi sien. Aterrorizada, mire atónita mi rostro completo en el espejo, y me vi yo, profundamente yo, con mis virtudes y mis defectos. tanto por dentro como por fuera, realmente, de un modo aterrador, pues aunque pude observar belleza, también descubrí mis tinieblas, mi mas absoluta oscuridad.

Sentí ganas de volver a dejarlo todo y huir, pero me recordé a mi misma, que es ridículo temerse, porque uno es como elige ser. Lentamente me obligué a mirarme de nuevo.
No sé cuanto tiempo estuve frente al espejo, solo se que acabé conociendo de una manera intensa, mis defectos y mis virtudes.

El reloj, comenzó a latir mas deprisa, el tiempo se normalizó... No recuerdo cuando me dormí. Desperté en mi apartamento, sola, como de costumbre. Escuché el silencio de mi casa, ya no me resultaba opresor, no sentí la necesidad de salir a la calle en busca de ruido. Me acerqué al espejo del salón, me sonreí. Puse música clásica, y bailé un vals con mi soledad.

martes, 6 de marzo de 2012

Musica para leer Canica

http://www.youtube.com/watch?v=Lt6ORx7WRis&feature=related

Canica


Volvía del colegio cansado y triste. Una vez mas había sido una jornada dolorosa y larga. Los insultos y los golpes cada día eran mas duros. Tomás tenia claro que al llegar a casa pondría la mejor sonrisa para su madre, y que cuanto antes pudiese se encerraría en la habitación.
Pasó los tramites familiares como mejor pudo, y cuando por fin se encontró a salvo en su cuarto, apretó los puños con fuerza.
Recorrió con los ojos, la estantería de las canicas. Las tenia de todos los tipos, grandes pequeñas, brillantes, mates... Era su pasión coleccionarlas.
La ultima, se la había traído su tío de África. Le contó que la encontró cerca de un cementerio antiguo y que un chaman del pueblo, en el que estuvo viviendo un par de meses, le explicó que esas piedras, eran en realidad fragmentos de alma cristalizadas, que se quedaban en la tierra, con diferente finalidades.
Era una bonita leyenda, pensaba Tomás, mientras apretaba la dorada esfera entre sus pequeñas manos. Aquella canica era más grande que las demás, y siempre estaba fría.
Aquella noche, mientras el pequeño se revolvía en la cama, soñado con el infierno que le esperaba al día siguiente en el colegio, la canica comenzó a brillar tenuemente.
Bajo aquel fulgor, Tomas no parecía el mismo, sus rasgos de angustia se veían acentuados, y se apreciaba una mancha sobre su costado izquierdo, como si le sangrase el pecho.
Poco a poco aquella luz fue incrementándose y la canica comenzó a vibrar. Lentamente apareció una rendija minúscula que la dividía. Aquella apertura fue ensanchándose hasta que aparecieron unas patas doradas por ella.
La canica, ya no era tal, sino más bien un ser, similar a los ''bichos bola''. Dirigió su mirada al pequeño que descansaba en la cama. Había estado sintiéndolo, oliendo todo su sufrimiento.
Se fijó en la mancha del pecho, Tomás sangraba profusamente. La canica se acercó al durmiente, y se situó sobre su costado, a pocos centímetros pudo observar una herida profunda, que llegaba hasta el corazón. Sin pensarlo dos veces, el bicho dorado fue introduciéndose por la herida, comiéndose las partes dañadas, que hubiesen impedido más adelante la curación. Cuando por fin llegó al corazón, se encontraba bastante debilitado, observó con detenimiento que le habían arrancado un pedazo. Con sus últimas fuerzas, clavó sus patas en el músculo y cubrió la mutilación con su cuerpo dorado, devolviéndole la forma original al órgano vital de Tomás.
Al día siguiente, el pequeño se despertó tras un sueño extraño. Se encontraba descansado, las ojeras que normalmente lucía bajo sus ojos pardos, habían desaparecido. Y el alma ya no le pesaba.
Se dirigió al colegio con paso ligero, dispuesto a afrontar la jornada con dignidad.
Todos aquellos que le habían hecho la vida imposible se apartaron de él, porque ahora en los ojos de Tomás brillaba una luz dorada, similar a aquella canica que tuvo una vez.

Laura Gil Moreno de Mora Feijoo

Musica para leer Cuento de Madrugada

http://www.youtube.com/watch?v=t56stPJGwhs&feature=share

lunes, 5 de marzo de 2012

Cuento de Madrugada

Por fin el sol se había escondido. Sirrah estaba como de costumbre curioseando los sueños de los mortales. Indecisa posaba en unos y en otros su luminosa mirada, pero todos acababan por aburrirla. Sentía un vacío interior que la devoraba, y la obligaba a buscar incesante.
Una noche, al dirigir su mirada a la Tierra, descubrió a un joven. Le pareció hermoso, descansaba tranquilo, con las facciones relajadas y una lagrima rebelde surcando su rostro. Le observó interesada toda la noche, fascinada.
Alrededor de aquel mortal, comenzaron a suceder cosas inverosímiles, Sirrah maravillada reparó en que los demonios tallados en la lámpara de la mesita de noche, se movían y agitaban sus alas, perezosos. Al otro lado de la habitación la estatua de un ángel enfilaba su lanza, en postura defensiva. Mientras, el joven dormía, ajeno a la batalla que se libraba a su alrededor.
Ella se quedó observando durante toda la noche. No podía apartarse de aquel extraño muchacho, sentía curiosidad. Estudió con detenimiento cada imperfección de su piel, contó las pestañas de sus ojos, le recorrió con sus rayos de luz, acariciándole la espalda y arrullándole.
Casi sin darse cuenta, transcurrieron los años. Sirrah pasó a contar las pequeñas arrugas de expresión que aparecieron en su rostro, celosa vio como compartía el lecho con otra mujer, como poco a poco cumplía sus sueños. En parte maravillada, observaba absorta, enamorada, la vida de aquel joven que encontró una noche por casualidad.
La estrella no dejo de amarlo ni un solo momento, fielmente, sin un atisbo de duda, a pesar de que él jamás le dirigió una mirada, nunca supo de su existencia ni de su dedicación. Sirrah era feliz pudiéndolo contemplar noche tras noche, anhelando que el sol se retirase respetuoso, para que ella pudiese dar rienda suelta a su pasión.
Una noche, con la ilusión del primer día, la estrella, en cuanto tuvo ocasión, volvió su rostro hacia el mundo humano, para cuidar el sueño de su amado. Pero no lo vio en su dormitorio. Intranquila recorrió la ciudad pero tampoco dio con él. Y entonces, reticente hizo algo que había perdido la costumbre de hacer, mirar a otra persona que no fuese el. Buscó a la mujer con la que su protegido había compartido la mitad de su vida. Tampoco estaba en la casa, buscó durante un buen rato y finalmente la encontró en un lugar donde las estrellas detestan mirar… un agujero oscuro.
La viuda, frente a una lapida, lloraba desconsolada.
El brillante corazón de la estrella dejó de latir por un momento, había perdido a su amor, a la razón de su existencia. Y acompañó en el llanto a la desventurada mujer que se postraba en la noche, frente a la inscripción grabada en una placa plateada.
Y entonces, Sirrah desapareció para siempre. Ya no quería brillar por las noches si no era para él. No aguantaría salir una vez más sin encontrarlo. Y se apagó como una vela, con unos últimos destellos, agónica de tristeza.
La viuda miraba al cielo en ese instante, preguntándole al infinito las razones de su desdicha, y vio como la estrella más bella del cielo se apagaba, y sintió que una parte de su corazón, se extinguía con ella.



Laura Gil Moreno de Mora Feijoo

domingo, 4 de marzo de 2012

Rubí

Pasaban los días. Los percibía largos, infinitos. Aquella mañana la sintió especialmente triste. La enfermera como era habitual entró a tomarle la tensión y a comprobar que el oxigeno estaba en los niveles correspondientes. Marcial la miró serenamente. Era una muchacha amable y bien parecida, pero él ya no esperaba nada de la vida, y la observó con desgana.


Tras dedicarle una radiante sonrisa, la joven se retiró de la habitación, dejándolo solo. Con un descomunal esfuerzo, el anciano se incorporó en la cama, dispuesto a asomarse a la ventana. Sintió como sus viejos huesos gemían, se imaginó como se quejaban bajo su peso, después de tantos años reclamaban su merecido descanso, coléricos. Tardó un buen rato, hasta que por fin pudo apreciar tras el sucio cristal las hojas rojas de los arboles, moviéndose al compas del viento, parecían bailar una canción animada. El cielo encapotado quería llorar, tenía razones, pensó Marcial, la vida era demasiado triste, y las nubes lo sabían.


Giró lentamente la cabeza, hasta que posó sus cansados ojos en la mesita y la silla que constituían, además de la cama, los únicos muebles de su habitación. Sobre la mesa, había una fotografía.


Aunque notaba dificultad para respirar, Marcial cogió con manos temblorosas el marco barato que contenía la instantánea. Sonrientes, una mujer y su hijo miraban al frente, con luz en los ojos y esperanza en el corazón.


Con el dedo índice acarició sobre el cristal el rostro de la mujer, era tan bella, tan perfecta.


Esa palabra resonó en el pecho y la cabeza del anciano. Aun recordaba cuando la vio por primera vez. Se acordó de cómo el corazón se le salía del pecho al cogerla en brazos, al besarla. Sintió su piel suave, sus ojos inocentes y supo que era perfecta, que era y seria su queridísimo tesoro.


Repasó los años en los que la vio crecer, quizás demasiado deprisa, transformándose en una joven hermosísima… exacta a su madre, a la cual él había adorado. Cuantas noches en vela lloró tras su muerte, pero le quedaba su joya, su precioso Rubí.


Siguió pasando el dedo sobre la imagen, sumido en sus recuerdos. Había trabajado duro, obligándose a ganar lo suficiente para que ella pudiese tener un gran futuro, para que no se privase de nada. La quería demasiado como para verla sufrir por cualquier cosa.


Transcurrieron los años, y el Rubí acabó siendo su gran orgullo, una importante científica, casada y con un hijo precioso. Una familia apoderada y de gran renombre. Marcial se sentía feliz, todo era como él había deseado, rozaba la perfección, no podía pedir nada más.


Sin embargo, la perfecta realidad de aquel iluso, se rompió en mil pedazos, cuando comenzó a ser una carga para la familia ideal, y decidieron relegarlo al olvido en una residencia. Sin querer ver lo obvio, todos los fines de semana, Marcial les esperaba en el porche, ilusionado con las visitas. Pero se fueron distanciando en el tiempo… hasta que finalmente, lo iban a ver únicamente en navidad.


Su tesoro, su Rubí, la perfección que él había soñado… le destrozó el corazón.


Marcial había perdido sus esperanzas, sus ilusiones, sus sueños, su sonrisa. Ya no tenía brillo en la mirada, ni hoyuelos en las mejillas, no tenía Rubí ni tesoro. Solo una gran herida en el alma, y sabía que el cielo iba a llorar esa tarde por su triste historia.






Laura Gil Moreno de Mora Feijoo

ZONA VERDE

Aquella ciudad olía a gris, a monotonía, a prisas y a desgracias. Si sus habitantes alzaban el rostro solo alcanzaban a ver interminables hileras de ventanas, algunas de ellas devolvían el reflejo oscuro de la cara que ofrecían las calles, otras sin embargo, revelaban el interior de las viviendas y oficinas.


Diana, paseaba, sin rumbo fijo, con la mirada perdida, sumergida en la infinidad de sus divagantes pensamientos. Las calles estaban abarrotadas de gente, todos andaban con mucha urgencia, y sin darse cuenta empujaban a la joven en una marea humana.


Ella no tenía prisa, ni destino, caminaba perdida, con una pequeña mochila sucia a las espaldas. Cada día, recorría una parte de la ciudad, quería escapar, huir de aquella soledad morbosa que la torturaba, que la rodeaba de gente para recordarle que nadie repararía en ella, que nadie la ayudaría, que resultaba invisible para los demás.


Se paró frente a un escaparate a mirar los ositos de peluche, había uno idéntico al que había tenido su hermano pequeño. La Vida le había arrebatado demasiadas cosas… las lagrimas se asomaron a sus ojos, también querían ver el juguete, pero con un rápido parpadeo Diana las escondió, no podía permitirse el lujo de llorar, todavía no.


Continuó caminando y sorprendida, llegó a un lugar de la ciudad que nunca antes había visto. En la verja, había un enorme cartel: SITIO VERDE. La joven había oído hablar de estos lugares, quedaban pocos, eran espacios donde se conservaba lo que antes había sido la Tierra, vegetación, plantas, flores, arboles….


Indecisa, Diana observó desde el otro lado de la calle el paisaje. A pesar de que estaba rodeado de edificios grises, se le antojaba bello y amenazador al mismo tiempo.


Con paso titubeante, cruzo la verja y se adentró entre la maleza. Estaba muy descuidado, y la hierba crecía por todas partes alta y sin orden, los árboles frondosos, impedían que la luz del sol penetrase entre sus ramas, sumiendo el entorno en una penumbra agradable.


Avanzó hacia el corazón de aquel extraño bosquecillo… y se sintió en paz consigo misma.


Alzó la vista cuando llegó junto a un gran árbol, era inmenso. Sus enormes raíces sobresalían de la tierra, acogedoras, como queriéndola abrazar amorosas. Sus fuertes ramas, se alzaban hacia el cielo, pidiendo clemencia.


Diana avanzó hasta situarse cerca, pudiendo así acariciar sus raíces y el áspero tronco. Al sentir la calidez de aquel viejo Castaño… rompió a llorar abrazada a él. Lloró todas aquellas lágrimas que había guardado, todas las que no había llorado. Había encontrado el final de su terrible y pesado camino.


Más tranquila, con lágrimas corriéndole aun por las mejillas se acurrucó entre las raíces del árbol, y aunque ella no se dio cuenta, las extremidades del coloso se movieron lentamente para arrullarla.


Diana se sumió en un sueño profundo, hacía mucho tiempo que no dormía…


Lentamente su piel fue fundiéndose en contacto con las raíces, deshaciéndose, pasando a formar parte de ellas. En su rostro, lo último que se pudo ver, si alguien lo hubiese observado, fue una paz inmensa, aquella que le había sido negada durante tanto tiempo.


Cuando sopla el viento, los vecinos del lugar, cuentan que oyen el murmullo de una joven que templa el espíritu de los solitarios y afligidos, acompañándolos en su dolor. Y es entonces cuando todos recuerdan vagamente a la chica de ojos tristes que deambulaba solitaria por los barrios de la ciudad.





Laura Gil Moreno de Mora Feijoo

LA ESRELLA

Abrí los ojos lentamente… me rodeaba una oscuridad casi completa. Llegué a apreciar que me encontraba en un bosque… miles de troncos gruesos y negros me rodeaban. Respiré profundamente, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Comencé a avanzar a tientas, con los brazos extendidos para no caer.


No se cuanto tiempo debí caminar, horas, días semanas… finalmente me detuve, percibía movimiento a mi alrededor, el aire se volvió pesado y la oscuridad se fue aclarando. Continué hacia delante. Hasta que en un valle, vislumbre una luz… brillaba con intensidad, casi con descaro. Y entonces las vi… miles de siluetas humanas, reptaban hacia la estrella con ademanes suplicantes, como implorando. Veía como poco a poco se acercaban al astro infame y como sin motivo aparente se consumían sus carnes, se deformaban sus huesos, se dibujaba una sonrisa estúpida en sus rostros y quedaban a merced de una voluntad ajena. Miré aterrada aquel macabro espectáculo con la nausea atenazando mi garganta y la humedad de mis ojos escociéndolos hasta enrojecerlos. Miles de formas seguían avanzando hipnóticas hacia la luz, aquella luz de falsas promesas.


Miré el bosque… la oscuridad rodeaba el claro, los altos arboles negros se alzaban amenazadores, como queriendo evitar la marcha atrás de la masa.


Permanecí inmóvil... aquel resplandor me provocaba pánico… no quería una sonrisa hueca en mi rostro, no quería esa deformidad en mi cuerpo…


A pesar del miedo que sentía, volví sobre mis pasos, dejando atrás la luz y a los desdichados que dejaban morir su esencia en ella. Muchos me miraron desorbitados al ver que renunciaba al astro, que prefería un mundo gris y sombrío, al mundo iluminado y ‘’feliz’’ de la luz cálida y pesada.


A medida que me alejaba el aire se tornó menos denso, lo que me permitía respirar con mas holgura, mis facciones se relajaron, aunque no veía con claridad el camino, pero al fin y al cabo, que es vivir? Si no enfrentarse a los tropiezos y tragedias invisibles que nos sorprenden?


En cada traspié notaba lágrimas cálidas resbalando sobre mi piel, y recordaba aquellas sonrisas fútiles. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que las lagrimas que derramaba tras las heridas del viaje, eran las que daban sentido a mis sonrisas, que la calidez lo era gracias al frio, que la alegría no sería tal sin la tristeza, y comprendí lo que les faltaba a aquellos rostros de felicidad deforme.





Laura Gil Moreno de Mora Feijoo