Se agazapó en
aquella negrura que la cobijaba. Siempre lo había creído así, la
soledad no es tan mala. Y entonces lentamente aquel gusano que notaba
en el estomago se retorció algo mas fuerte de lo normal. Miedo.
Desde allí, contemplaba las vidas ajenas, que al compás del blues
del tiempo marcaban el paso hacia delante. Puede que acabase asomando
aquel maldito gusano, reptaba arriba y abajo en su interior,
inquietandola.
Y sintiendo la
punzada del dolor, cerro los ojos con fuerza, las lagrimas que
intentaba contener dentro de sus parpados le quemaban, pero no iba a
permitirse el lujo de llorar. Si era un perro verde, ¿porque no
también para eso? Escurriría la humedad de su alma, apretando el
corazón en un puño, dejando caer las lagrimas, a ese pozo de
soledad y negrura que la envolvía.
A pesar de la
tristeza contenida, giró el rostro y con los ojos aun cerrados
escucho el maullido de un gato, que tranquilizador resonaba en las
tinieblas. El pelaje suave y aterciopelado del animal le rozó el
brazo y algo cálido se recostó en su regazo. Casi sin pensar, paso
sus dedos por la cabeza del pequeño, que ronroneaba al sentirla
cerca. Su lazarillo estaba allí, junto a ella. Cerró los ojos y se
quedó dormida. Un perro verde, a la vuelta de la esquina.
Laura Gil Moreno de Mora Feijoo
Como siempre muy poético e intimista, me gusta mucho que hayas mezclado a un perro (aunque verde ;P) con el gato lazarillo, corto pero muy intenso ;))
ResponderEliminarGracias Paco :) gracias por leerme siempre!!!!
Eliminar