Tocaba desidioso un
organillo, sentado en la calle de una gran ciudad. Los pantalones
húmedos de varios días le congelaban la piel y le producían cierto
escozor. Avergonzado no se atrevía a mirar a los transeúntes ,que
ocupados, pasaban por delante. Mantenía sus ojos oscuros en las
teclas que pulsaba, marcando así bellas melodías. No hacía
demasiado, también él había caminado rápido por alguna calle
transitada, obviando a los sucios mendigos que suplicaban cualquier
limosna.
Trabajaba en un
bufete de abogados, con sus trajes elegantes, las comidas de empresa,
un sueldo digno que le permitía darle una buena vida a su familia.
Pero todo terminó, el bufete, el sueldo, la casa, la familia.... Al
quedarse sin blanca, las discusiones se hicieron insoportables y su
esposa le abandonó, marchándose con sus tres pequeños.
Solo, con su
organillo, deambulaba sin techo, por aquella gran ciudad, creyendo
que cualquiera podría ponerse en su situación y socorrerle. Pero
miles de rostros se giraban resignados al verlo tocar, al escuchar
sus tristes canciones.
Una noche, dejo
olvidado su viejo instrumento en un cubo de basura, aquel regalo de
la infancia, no le servía para sobrevivir. Caminó sin rumbo días
enteros, con el rostro surcado por las ácidas lagrimas, que corroen
la piel y el corazón.
Delante de un café
paró a tomar aliento, desesperando, buscando la forma de vencer al
monstruo que le atenazaba los ánimos y que luchaba por hundirlo en
la amargura. A través del cristal del bar, podía observar a la
gente tomar un delicioso desayuno, con una taza de café caliente. Se
fijó, consternado, en una hermosa mujer, de tirabuzones dorados, y
tres niños, que reían los chistes de un hombre apuesto y
entrajetado.
Igual que se rompe
un vaso al caer, su corazón quedó fragmentado en mil pedazos,
astillados y cortantes, que le desangraban lentamente, mientras con
avidez observaba la escena, deseando con cada fibra de su ser, haber
sido aquel hombre.
Piensan que murió
de frió, otros de hambre, quizás de algún problema cardíaco, pero
nadie sabe que lo mató una mujer de aspecto dulce y tirabuzones
dorados y tres niños risueños.
Laura
Gil Moreno de Mora Feijoo
Tremendamente triste :_( y es que aunque a veces te saquen una bala del pecho, lo que realmente te mató fue una emoción.... vuelves ha estar extraordinariamente prolífica, estar enferma sienta bien a tu creatividad, jejejeje ;)
ResponderEliminarGracias Paco!!!!!! :))
EliminarD:
ResponderEliminarJoder...
Este tienes que intentar que te lo publiquen en algun periodico.
^^ Gracias Trei!
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