Llegaba el
invierno. La familia al completo preparaba el viaje, volverían con
las flores y el calor. Pero puede que aquella dulce niña no
estuviese, que su tierno corazón se hubiese terminado de romper, que
las lagrimas la hubiesen ahogado, temía no encontrarla.
Sobrevoló rápido
el triste jardín, y se posó en el alfeizar de la solitaria torre.
La gran mansión había pasado de ser un lugar alegre y cálido a
resultar un edificio oscuro y gélido. Con el pico, retiro presuroso
algo de escarcha que habían dejado caer las hojas de madreselva que
cubrían la fachada y enmarcaban la ventana. Notaba como el frio le
aceleraba el corazón, sabia que si se quedaba, moriría, pero como
iba a abandonarla, ahora que se había quedado tan sola.
Miró hacia el
interior de la habitación y allí estaba la joven, envuelta en lo
único cálido que parecía quedar en aquella desolada vivienda, una
gruesa manta tejida a mano. Con la mirada perdida, tatareaba una
nana mientras dejaba rodar una lagrima tras otra, sollozos amargos,
poco le quedaba ya, salvo las golondrinas, porque volverían en
primavera, volverían.
Desde allí fuera,
a pesar del frio incipiente, él se decidió a cantar. Silbó su
mejor canción, aquella nana que había oído tantas veces, y por un
instante los ojos de la joven se iluminaron. Despacio se acercó a la
ventana y miró a la golondrina que con esfuerzo cantaba en el
alfeizar. Conmovida se secó las lagrimas y escuchó al dulce pájaro.
Día tras día,
volvía la golondrina a cantarle a aquella princesa marchita y
desolada, que lo escuchaba embelesada. El frio gélido del invierno
fue acentuándose y los días fueron encrudeciéndose, pero los
cantares de aquella inconsciente golondrina hacían brillar de
ilusión los ojos de aquella niña y nada le importaba a él salvo
ver la luz en su mirada y la sonrisa en su rostro cuando el le
silbaba.
Al despertar
aquella mañana vio con dolor que el jardín estaba cubierto por una
gruesa capa de nieve. Desde su nido contemplaba la ventana de ella,
pero sabía que no resistiría, que sus fuerzas habían llegado al
limite. Y con sorpresa vio en la lejanía, abrirse la ventana de la
torre de par en par, y asomarse a su princesa cantando aquella nana.
Estaba buscándolo. Y con la calidez de quien se siente amado dejo
volar su corazón hacia la torre mientras su cuerpo helado descansaba
en el nido, incapaz de luchar contra el frio nevado.
Laura
Gil Moreno de Mora Feijoo
Muy conmovedor, sobre todo el final. De esa manera nunco tuvo que irse. ;)
ResponderEliminar:) Gracias Paco!!!!!
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