Y empezó el primer momento del fin. Sentí que enloquecería de
dolor. En aquel momento mi mundo se detuvo. Se moría. Se iba a marchar. Nos quedaban
unos días juntos y el miedo se apodero de mi. Me ahogue en su agonía, en la mía.
Los minutos se sucedían y lo único que podía pensar es que eran los últimos,
los últimos de una gran amistad, los últimos de grandes momentos, de suaves
ronroneos, de amor verdadero... Los últimos para siempre jamás. Y empecé a
navegar en el no quiero, en el no puedo, en la certeza de que no iba a ser
capaz, no sin él.
Y se fue…
Entonces, yo, todos, respiramos el aire de casa cargado de
ausencia y nos supo extraño, nos
faltaron sus maullidos, sus carreras, su mirada azul y su carácter rebelde, su
capa gris, suave, sus mordiscos cariñosos, nos faltó él, en cada rincón, en
cada bocanada de aire, en cada latido.
Según pasa el tiempo, su ausencia se acomoda en mi tristeza.
He asumido que no esta, y aunque le lloro cada noche, he comprendido que no volverá. Que jamás
podré volver a susurrarle que le quiero, ni a quejarme de sus reclamos, ni a
jugar a correr como locos escaleras arriba y abajo. También se que vive en mi,
que parte de lo que soy hoy tiene que ver con él, con ellos, con él.
Posbis posbis posbisbos, Endoren, Trece siempre te querré.
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