EL JARDIN
Puede y solo puede
que fuese una sensación sin mas. Se planteó si no estaría
volviéndose loco. Si no estaría fallándole el coco. Si todas esas
emociones no serían fruto de la desazón. Y en el fondo que mas daba
ya, a quien podía importarle, solo eran eso, sentimientos, locuras
del alma, del corazón puede que incluso de la razón. Tomó entre
sus manos la rosa blanca de su jardín de la infancia, aquella que
crecía tras la madreselva florecida, a la derecha de la estatuilla
mutilada. La miro melancólico, recordando los tiempos en los que
había sido su orgullo, su flor preferida, su color. Ahora temeroso
la vigilaba, algunos de los pétalos habían sido cruelmente rasgados
y sangraban, manchando la nívea flor, volviéndola imperfecta,
sucia, triste. Notó como se le llenaba el alma de lagrimas y con
dificultad parpadeo varias veces, sus ojos secos ya, hacia años que
no lloraban.
Y como estaba loco,
decidió teñir los pétalos de su dulce flor de carmín. Sería como
las demás. Una rosa común. No volvería a llorar por sus manchas
ni por sus desperfectos. Solo seria una rosa roja, como cualquier
otra de cualquier otro jardín.
Y mientras teñía
sus pétalos con un largo pincel, dudaba si no debería haberla
cuidado mas, si no debería haber sido guardián implacable de su
blancura inmaculada. Pero que importaba ya, serian locuras del alma,
del corazón...
Laura Gil Moreno de Mora Feijoo