Recogió el pedazo
que se le había descolgado del corazón. Sintió un dolor lacerante,
profundo. Pero tenia los ojos secos, y las lagrimas hacia tiempo que
no fluían. Vio como se alejaba, otra pieza que no encajaba en aquel
rompecabezas. Se sentó maltrecho, con el amasijo de sangre y carne
sobre su mano. Con hilo de plata y recuerdos, y con una delicada y
fina aguja de emoción, cosió el colgajo a su órgano vital. Quedó
un remiendo feo, hinchado y enrojecido. Pero habían ya varios sietes
en su corazón, y cada uno lucia a su manera, dolorosamente especial.
Miró hacia el mar,
y contemplo el horizonte, donde el sol se reflejaba enrojecido,
cansado de aguantar la hipocresía humana, dispuesto a descansar
durante la noche, dejandole el relevo a la luna y las estrellas.
Respiro profundamente, el aire húmedo olía a mar y a sal.
Estaba cansado,
cansado de sangrar, cansado de intentar buscar una pieza especial,
cansado de buscarse a si mismo, de no encontrarse. Miró el faro,
aquella luz que advertía, que guiaba, siempre encendida, siempre
allí, auxiliadora. Que no hubiese dado por tener uno en el alma. Se
dirigió a aquella gran construcción y subió los escalones
despacio, sintiendo punzadas de dolor en cada latido de su corazón.
Al llegar arriba,
salió afuera, y de nuevo volvió a respirar hondo, esta vez la brisa
azotó su rostro y le arranco dos lagrimas a la fuerza. Se asomó al
vacío, las rocas abajo, parecían gravilla suelta.
Que era la vida, si
no una farsa, una hilarante muestra de vacío, un juego de poderes,
una carrera de hipócritas. Se subió a la barandilla, notando el
frío metal en sus pies descalzos. Con la punta de los dedos se
meció, como aquel que acuna consolador a un niño que llora en la
noche, tras una pesadilla.
Era cierto, real, no
merecía la pena. Y con desgana, dejo caer hacia delante el peso de
su cuerpo. Cerró los ojos con fuerza, mientras notaba como descendía
rápido. Entonces, temió el dolor del impacto, temió haberse
equivocado. Pero ya había tomado su decisión. Su gran y final
decisión.
Al chocar contra las
rocas, abrió los ojos súbitamente, y se incorporó en la cama. Con
aire taciturno subió la persiana, lo justo para poder ver en la
oscuridad de la habitación. Tiró a la basura el periódico que le
habían dejado en el buzón, y desprogramó la televisión. Ya no le
importaba, todo le daba lo mismo, el ciudadano de su interior aquella
noche, había muerto contra las rocas de la playa, y nunca mas
volvería a vivir.
Laura Gil Moreno de Mora Feijoo
Otra gran muestra por tu parte de genial onirismo!!! Lleno de pasion... me das envidia ;)
ResponderEliminarPD:Sigue escribiendo, no lo dejes nunca, ni ante las críticas ni ante las envidias o los que intenten desanimarte, escribes impresionantemente, y lo demustras con estos textos!!! Siempre me tendras como admirador, aunque a veces sea un mordaz crítico, creo que no podría imaginarme este mundo sin tus escritos después de haberlos leido ;)
EliminarIgual de perfecto que el anterior. Sigue escribiendo así de bien!!!
ResponderEliminarJo ^^ muchas muchisimas gracias!!! Me alegra que os haya gustado!!!! :D
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