viernes, 15 de noviembre de 2013
AIRE
Sintió como etérea
flotaba sobre ellos. Sorprendida descubrió como parecían no darse
cuenta de su presencia, reían despreocupados, vivían un buen
momento, felices y cariñosos se abrazaban. Observó la escena
envidiosa, imaginó aquellas caricias, aquellos abrazos, aquel calor
sobre su propia piel y empezó a sentir frio. Un frio azul, triste,
helado, que comenzó a recorrerle la espalda, provocandole un gran
peso en el corazón. Asustada, miró a su alrededor, buscando una
mano amiga, alguien que la viese, que quisiese escucharla. Se sentía
muy sola allí arriba. Agitando los brazos intentó llamar la
atención de los que estaban ahí abajo, les gritó, pidió auxilio
pero quizás no la oyeron o quizás simplemente estaban ocupados con
otros asuntos, nadie la ayudó.
Continuó haciendo
grandes aspavientos creyendo que así alguien se percataría de que
continuaba suspendida sobre ellos en una bola de cristal con
purpurina, pero cada vez le resultaba mas frustrante y doloroso, las
lagrimas heladas rodaban por sus mejillas, y con cada suspiro una
nube de vaho traicionaba la dolorosa realidad, hacia demasiado frio
ahí arriba y estaba sola, muy sola. Poco a poco fue dándose cuenta
de que jamas caerían en la cuenta, de que nunca sabrían que estuvo
allí llorando lagrimas heladas de soledad. Dejo de mover los brazos,
dejo de pedir ayuda, y triste se encogió sobre su propia herida sin
albergar ni un atisbo de esperanza.
Alguien le acarició
el pelo, consolador, tierno. Los de abajo continuaban con su jarana,
pero allí arriba hacia menos frio, ya no estaba sola, y quizás
ahora pudiese escapar de esa bola de brillantina que la tenia
prisionera. Se marcharon juntos. Ella dejo su broche, el gatito
dorado, por si un día miraban hacia arriba, que supieran que había
estado allí, esperándoles.
Laura Gil Moreno de
Mora Feijoo
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