martes, 15 de enero de 2013

Música para leer No, no volverán...

http://www.youtube.com/watch?v=zWbsnAHXyBU&list=PLwvI1b-M2PSYZW_FXChR62GOyANp5jAe-

No, no volverán...



Llegaba el invierno. La familia al completo preparaba el viaje, volverían con las flores y el calor. Pero puede que aquella dulce niña no estuviese, que su tierno corazón se hubiese terminado de romper, que las lagrimas la hubiesen ahogado, temía no encontrarla.
Sobrevoló rápido el triste jardín, y se posó en el alfeizar de la solitaria torre. La gran mansión había pasado de ser un lugar alegre y cálido a resultar un edificio oscuro y gélido. Con el pico, retiro presuroso algo de escarcha que habían dejado caer las hojas de madreselva que cubrían la fachada y enmarcaban la ventana. Notaba como el frio le aceleraba el corazón, sabia que si se quedaba, moriría, pero como iba a abandonarla, ahora que se había quedado tan sola.
Miró hacia el interior de la habitación y allí estaba la joven, envuelta en lo único cálido que parecía quedar en aquella desolada vivienda, una gruesa manta tejida a mano. Con la mirada perdida, tatareaba una nana mientras dejaba rodar una lagrima tras otra, sollozos amargos, poco le quedaba ya, salvo las golondrinas, porque volverían en primavera, volverían.
Desde allí fuera, a pesar del frio incipiente, él se decidió a cantar. Silbó su mejor canción, aquella nana que había oído tantas veces, y por un instante los ojos de la joven se iluminaron. Despacio se acercó a la ventana y miró a la golondrina que con esfuerzo cantaba en el alfeizar. Conmovida se secó las lagrimas y escuchó al dulce pájaro.
Día tras día, volvía la golondrina a cantarle a aquella princesa marchita y desolada, que lo escuchaba embelesada. El frio gélido del invierno fue acentuándose y los días fueron encrudeciéndose, pero los cantares de aquella inconsciente golondrina hacían brillar de ilusión los ojos de aquella niña y nada le importaba a él salvo ver la luz en su mirada y la sonrisa en su rostro cuando el le silbaba.
Al despertar aquella mañana vio con dolor que el jardín estaba cubierto por una gruesa capa de nieve. Desde su nido contemplaba la ventana de ella, pero sabía que no resistiría, que sus fuerzas habían llegado al limite. Y con sorpresa vio en la lejanía, abrirse la ventana de la torre de par en par, y asomarse a su princesa cantando aquella nana. Estaba buscándolo. Y con la calidez de quien se siente amado dejo volar su corazón hacia la torre mientras su cuerpo helado descansaba en el nido, incapaz de luchar contra el frio nevado.

Laura Gil Moreno de Mora Feijoo